¿Sabías? Lo primero es un escalofrío que empieza en el cuello y baja por la espalda para perderse en la cola. Y le sigue otro más intenso, que se inicia en la coronilla y desciende por todo el cuerpo hasta la punta de los pies. Es un rumor, un sonido sordo, un ruido blanco repleto de angustia que parece susurrarte “ya te tengo” al oído.

Después, simplemente, caés.

Empieza a dolerte el cuerpo, en todos lados y en todo momento. Las articulaciones, los músculos, la cabeza, los ojos, respirar… Te dan ganas de acurrucarte en la cama, hecho una pelotita, tapado hasta las orejas y quejándote ante el menor movimiento de la gata que justo se pone a lamerse la patita.

Levantarte de la cama para ir al baño implica el riesgo cierto de chocarte con todo lo que encuentres a tu paso, marearte y sentarte casi desplomado en el inodoro. Y si la cosa pasa por defecar, mejor agarrate al borde del lavamanos para no terminar desmayado en el piso. Comer, lo que se dice comer, vas a hacerlo solamente por imposición externa. Hasta el mero acto de masticar una galletita de agua o tragar un sorbo de té duele.

Así van a ser tus siguientes dos o tres días. En el interín, claro, te va a salir una canilla libre en la nariz y la provisión de pañuelos se verá drásticamente disminuída. Y eso, para no mencionar la tos. Esa tos rugiente, plena de exabruptos imparables que te hacen sentir que, cada vez que uno llega, estás escupiendo pedazos de tus pulmones en la pared y el piso. Y que te hace doler tanto las costillas como los ojos, que parece que fueran a salirse de las órbitas cada vez que expectorás.

Y ahí se van a cada rato la flema y los mocos, que son sacados de tu organismo como se puede por tu pobre humanidad convertida en una bolsa de papas durante días, e incluso semanas. Porque el dolor corporal pasa, es cierto… pero los estornudos, la nariz tapada y la tos de perro quedan y persisten durante mucho tiempo. Y agradecé que no tuviste ni una línea de fiebre, eh.

En un momento, sentís que te vas a morir, literalmente. Y no hay aspirina ni descongestivo que pueda con esa sádica hija de puta llamada “gripe”.

· Comentarios: En Twitter

En mi infancia, la diversión pasaba por las bolitas, la gomera, los autitos de plástico rellenos con masilla y una cuchara sustraída de su cajón, el yo-yo, el balero, la pelota número cinco, los indios y soldaditos, los triciclos y bicicletas, los naipes de Thundercats, Mazinger Z, Robotech, Transformers, G.I.Joe, los Pitufos, la revista Disneylandia, los Playmobil, Mis Ladrillos y tantas otras cosas con las que disfrutábamos como locos en la vereda, la calle o el patio del colegio.

Hoy, la infancia de los pibes es el control remoto de la TV, la computadora, la PS4, la tablet, el celular de papá o mamá… todo adentro de casa, y ni se te ocurra sacar eso a la vereda.

Son otras épocas. Ni mejores ni peores: diferentes.

· Comentarios: En Twitter