Asocio el silencio a la noche. A esas horas lentas durante las que todos duermen. A las gatas enroscadas entre las piernas. A las mantas que cubren la respiración. A la tenue luz de luna que se inmiscuye por entre las cortinas. A la paz que brinda la nocturnidad casera.

Y al infierno que se desata en el medio de una estampida de caballos salvajes mientras mis ojos devoran con avidez uno de los muchos libros de Verne. Al estruendoso estribillo que grita “¡No existes!” mientras rememoro ese gaseoso y efímero regreso con gloria. A los pensamientos que divagan entre asociaciones libres con el devenir del insomnio. A los aullidos que están ahí, en mi cabeza, en el medio de la oscuridad.

Y finalmente, cuando la claridad empieza a asomar en el cielo, me duermo. Unas horas. Arrullado con el ruido blanco del silencio meramente físico, no buscado ni pedido ni deseado, que por esas cosas del destino me acompaña desde los seis años. Y que seguirá conmigo hasta el día de mi muerte.

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¿Sabías? Lo primero es un escalofrío que empieza en el cuello y baja por la espalda para perderse en la cola. Y le sigue otro más intenso, que se inicia en la coronilla y desciende por todo el cuerpo hasta la punta de los pies. Es un rumor, un sonido sordo, un ruido blanco repleto de angustia que parece susurrarte “ya te tengo” al oído.

Después, simplemente, caés.

Empieza a dolerte el cuerpo, en todos lados y en todo momento. Las articulaciones, los músculos, la cabeza, los ojos, respirar… Te dan ganas de acurrucarte en la cama, hecho una pelotita, tapado hasta las orejas y quejándote ante el menor movimiento de la gata que justo se pone a lamerse la patita.

Levantarte de la cama para ir al baño implica el riesgo cierto de chocarte con todo lo que encuentres a tu paso, marearte y sentarte casi desplomado en el inodoro. Y si la cosa pasa por defecar, mejor agarrate al borde del lavamanos para no terminar desmayado en el piso. Comer, lo que se dice comer, vas a hacerlo solamente por imposición externa. Hasta el mero acto de masticar una galletita de agua o tragar un sorbo de té duele.

Así van a ser tus siguientes dos o tres días. En el interín, claro, te va a salir una canilla libre en la nariz y la provisión de pañuelos se verá drásticamente disminuída. Y eso, para no mencionar la tos. Esa tos rugiente, plena de exabruptos imparables que te hacen sentir que, cada vez que uno llega, estás escupiendo pedazos de tus pulmones en la pared y el piso. Y que te hace doler tanto las costillas como los ojos, que parece que fueran a salirse de las órbitas cada vez que expectorás.

Y ahí se van a cada rato la flema y los mocos, que son sacados de tu organismo como se puede por tu pobre humanidad convertida en una bolsa de papas durante días, e incluso semanas. Porque el dolor corporal pasa, es cierto… pero los estornudos, la nariz tapada y la tos de perro quedan y persisten durante mucho tiempo. Y agradecé que no tuviste ni una línea de fiebre, eh.

En un momento, sentís que te vas a morir, literalmente. Y no hay aspirina ni descongestivo que pueda con esa sádica hija de puta llamada “gripe”.

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