Silencio

Asocio el silencio a la noche. A esas horas lentas durante las que todos duermen. A las gatas enroscadas entre las piernas. A las mantas que cubren la respiración. A la tenue luz de luna que se inmiscuye por entre las cortinas. A la paz que brinda la nocturnidad casera.

Y al infierno que se desata en el medio de una estampida de caballos salvajes mientras mis ojos devoran con avidez uno de los muchos libros de Verne. Al estruendoso estribillo que grita “¡No existes!” mientras rememoro ese gaseoso y efímero regreso con gloria. A los pensamientos que divagan entre asociaciones libres con el devenir del insomnio. A los aullidos que están ahí, en mi cabeza, en el medio de la oscuridad.

Y finalmente, cuando la claridad empieza a asomar en el cielo, me duermo. Unas horas. Arrullado con el ruido blanco del silencio meramente físico, no buscado ni pedido ni deseado, que por esas cosas del destino me acompaña desde los seis años. Y que seguirá conmigo hasta el día de mi muerte.

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